Tal vez imperceptible
Sentado en una silla, todo alrededor sigue. El intento de pararse es en
vano. Dos manos con el peso de mil kilos se apoyan en sus hombros para asegurarse
de dejarlo sentado. Cada pequeño intento de pararse: inservible. Su cuerpo lleva el peso inconmensurable del desaliento. Apenas un leve
movimiento en el cual el talón llega a despegarse unos milímetros del piso, y
nuevamente dos manos, imperceptibles al ojo humano, salen de la tierra misma
para volver los talones al suelo y con ellos todas sus esperanzas. Pararse no parece
ser una opción. La vida continúa, tan rápida que él no puede sumarse a ninguna situación
que lo rodea, aunque las ve todas. Intentarlo parece en vano. Las oportunidades
se pierden y duele indescriptiblemente, los días no vuelven. Ve como todo se
mueve a una velocidad extrema, los movimientos de cada una de las personas dejan
una estela colorida cuando cada brazo y pierna avanza, sus caras difuminadas
por la velocidad con la que hablan, y ríen y se enojan. Ve a sus hijos crecer a
esa velocidad, con él como espectador y duele. Pero intenta nuevamente con
todas sus ganas despegar esos talones, y por momentos, contra todas las probabilidades
lo logra. Con un poco más de esfuerzo logra tomar una mano que lo presiona en
su hombro y sacársela de arriba, y luego la otra, y en un último esfuerzo estirar
sus piernas y pararse. Esta última acción le cuesta prácticamente toda su
energía, le succiona todas sus ganas, siente su cuerpo dolorido como si recién
hubiera sido atropellado por un tren. Para los transeúntes que se preguntan por
qué siempre él está sentado, y no creen la existencia de esas manos pesadas (porque
no las pueden ver), esta acción de pararse es algo de todos los días, un hecho
totalmente intrascendente y le restan importancia. Para él fue el Everest. Apenas
entra en el cuadro de acción de sus hijos, sus acciones se ralentizan, todo
vuelve, por un rato, a la velocidad normal. Juegan, corren y se cuentan
cuentos. Los abrazos se hacen largos, porque mientras sus hijos piensan que él
los está curando de alguna caída con ellos, la verdad es que es todo lo
contrario. Esos minutos la cabeza se centra y todo vuelve a su velocidad y
accionar normal, y las manos opresoras parecen haber dejado de existir, al
menos por unos minutos. El día termina. El esfuerzo invertido en esas pequeñas acciones
hace que el cansancio sea brutal, y cae rendido. Mientras sus ojos se cierran
piensa: “tal vez mañana todo sea diferente”
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