La Suerte de Horacio
Amaba ese rigor: el crujido del
pasto congelado bajo las botas, el primer sorbo de café negro y el tabaco
amargo. Su único lujo era la Ford F-100, un fetiche de óxido que exigía tres o
cuatro intentos de arranque para llevarlo, cada viernes, al pueblo. Allí, entre
copas de grapa y partidas de truco, Horacio se permitía ser uno más entre los
hombres de tierra y humo.
Ese sábado, mientras ordeñaba, la
radio Spica —colgada de un clavo oxidado— escupía la voz de Zitarrosa. Un
locutor, con una alegría que a Horacio le resultó insultante, anunció que el
"5 de Oro" acumulaba 170 millones. Horacio escupió un chorro de
tabaco al suelo. "Ignorantes", pensó. Para él, el dinero que no nacía
de la tierra era veneno o mentira.
Pero el jueves, la realidad le
asestó un hachazo. El cartero le entregó un sobre con letras rojas que
gritaban: URGENTE. Horacio lo abrió con la navaja que usaba para
capar terneros. El logo del banco brilló como una amenaza. Si no cancelaba las
cuotas de la hipoteca en una semana, perdería el campo, la casa y el cielo que
la cobijaba. Las fuerzas se le escurrieron por las piernas. Años atrás, una
helada negra le había diezmado el plantel y una cláusula invisible en el seguro
lo había dejado desprotegido.
Se quebró. Las lágrimas, pesadas
y calientes, murieron en el piso de madera decolorada. Miró sus manos: eran
herramientas nobles, pero esta vez, el trabajo no alcanzaba. Guardó la carta en
el bolsillo de la camisa, junto al corazón, y volvió a sus quehaceres con el
peso de un muerto encima.
El viernes, el cansancio era más
alma que cuerpo. Manejó hacia el pueblo solo por inercia, sintiendo que cada
hectárea de campo que miraba ya no le pertenecía. Al llegar, notó que se había
quedado sin tabaco. Entró al almacén de doña Alba, una mujer que parecía tan
antigua como el propio pueblo.
—¿Qué te anda pasando, Horacio?
Tenés cara de entierro —dijo la vieja mientras le alcanzaba un paquete de
Artigas.
—Cosas de uno, Alba —respondió
él, evitando la mirada.
Sus ojos tropezaron con un
cartel: "5 de Oro Millonario". La desesperación es el único
combustible capaz de hacer que un hombre orgulloso traicione sus principios.
Con la voz quebrada y el miedo de ser oído por algún conocido, susurró:
—Y un 5 de Oro, Alba.
—¿¡Un qué!? —gritó la vieja, que
no oía ni el trueno.
Horacio asintió, avergonzado.
Dictó cinco números al azar, pagó y guardó el ticket en el mismo bolsillo donde
la carta del banco dictaba su sentencia.
En el bar, el truco no tuvo
sabor. Raúl, su vecino, le notó el semblante caído, pero Horacio se limitó a
mentir con una sonrisa forzada. A las tres de la mañana, tras un último trago
de grapa, se subió a la camioneta. La F-100 arrancó al tercer intento. En una
carretera desolada, el sueño y la grapa lo vencieron. La camioneta mordió la
banquina, dio cuatro vueltas en el aire y terminó boca abajo en un maizal. El
impacto fue seco y brutal, pero en la violencia del vuelco, los papeles del
bolsillo permanecieron allí, apretados contra su pecho como un último secreto.
Horacio abrió los ojos por última vez para ver las plantas de maíz meciéndose
bajo la luna, cerró los párpados y dejó de respirar.
Su funeral fue el domingo, bajo
un cielo plomizo que parecía ensayando un duelo. Concurrieron apenas doce
personas; un puñado de sombras entre las que destacaban los dos sepultureros y
los viejos compañeros de bar, esos que sabían más de sus señas de truco que de
sus dolores íntimos. Fue una ceremonia breve, hermética como el propio Horacio,
donde el silencio solo era interrumpido por el golpeteo de una lluvia fina y
persistente. Sus angustias se disolvieron en el barro, junto con la hipoteca y
el cansancio de una vida a la intemperie. El banco remataría su tierra apenas
un mes después, pero a Horacio ya no le dolía el despojo. Esa misma tarde,
mientras el cielo terminaba de llorar sobre la tierra recién removida que
sellaba su eternidad, el niño cantor, ajeno a la tragedia, recitó en un eco
metálico y triunfal los cinco números exactos que descansaban olvidados en el
bolsillo de una camisa, bajo dos metros de olvido.
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