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No estés conmigo

No estes conmigo por verme mal, huraño y sin motivos.  No estes conmigo por pena, por lo que alguna vez fuimos. No estes conmigo si no soy luz en tu vida, si la sombra sobrepasa todo lo vivido No estes conmigo por no ser la persona que puedo ser. No estes conmigo por el pasado.  No estes conmigo nunca si no te nace una sonrisa al verme. No te acerques porque pienses es lo mejor para mí, si no es lo mejor para vos. Está conmigo si mi presencia te hace arrancar una sonrisa.  Está conmigo si tu vida es mejor a mi lado. Está conmigo si amas al hombre atrás de la tristeza, no por querer sacarle la tristeza a este hombre.  No estes conmigo por lástima, no la necesito.  Está conmigo por amor, no por piedad. Proque yo quiero estar contigo porque mis días son eternamente más felices a tu lado, pero si te perdí hacémelo saber, para no estar contigo sin motivos

EL DIA DESPUÉS DE MORIR

  El día después de morir, los mails se siguen acumulando. En spam llega una y otra vez y golpea esa carpeta que tanto te nacía entrar a borrar. Seguirán saliendo vuelos a destinos que nunca conociste, con familias y personas que nunca sabías que existen. Tu trabajo, bueno, sigue ahí solo Que tu silla no se enfrió para ser ocupada por alguien más. Tu familia te va a llorar, una semana, un mes, un año, pero se levantarán el lunes para Ir al trabajo, y el fin de semana se sentarán a comer en la mesa en la cual una silla siempre fue tuya. Los mensajes en borradores seguirán ahí, para siempre Nadie nunca tomará tu celular y apretará enviar. ¿Ahora para qué? Los planes para ser feliz cuando consigas comprar una casa, o un auto y aquellas vacaciones Se irán deshaciendo como la cola de un cometa que atraviesa el cielo. El agua en la heladera va a seguir enfriándose hasta que alguien la tire en la pileta y Recicle esa botella. Tu ultima comida, que no te gustó tanto pero aun as...

Tal vez imperceptible

  Sentado en una silla, todo alrededor sigue. El intento de pararse es en vano. Dos manos con el peso de mil kilos se apoyan en sus hombros para asegurarse de dejarlo sentado. Cada pequeño intento de pararse: inservible. Su cuerpo lleva el peso inconmensurable del desaliento. Apenas un leve movimiento en el cual el talón llega a despegarse unos milímetros del piso, y nuevamente dos manos, imperceptibles al ojo humano, salen de la tierra misma para volver los talones al suelo y con ellos todas sus esperanzas. Pararse no parece ser una opción. La vida continúa, tan rápida que él no puede sumarse a ninguna situación que lo rodea, aunque las ve todas. Intentarlo parece en vano. Las oportunidades se pierden y duele indescriptiblemente, los días no vuelven. Ve como todo se mueve a una velocidad extrema, los movimientos de cada una de las personas dejan una estela colorida cuando cada brazo y pierna avanza, sus caras difuminadas por la velocidad con la que hablan, y ríen y se enojan. Ve a...

Mi mejor volea

  La pelota de tenis salió disparada desde mi pie, cruzando media cancha donde jugábamos en el liceo, para atravesar el vidrio de la ventana del laboratorio de química, no sin antes haber entrado en el ángulo. Teníamos 14 años y luego del recreo con mi amigo Nacho decidimos quedarnos a jugar al fútbol con una pelota de tenis que él había traído de su casa. Tendríamos que haber estado en clases de matemáticas en ese momento, pero como adolescentes que éramos nos tomábamos ciertas licencias para desestresarnos. El partido iba empatado, y luego de un despeje de Nacho la pelota voló y me cayó como del cielo, la vi toda antes que sucediera, incliné mi cuerpo, y apoyando solamente la pierna izquierda levante la derecha horizontalmente al suelo en lo que para mí fue la volea perfecta. Solté un zapatazo y la pelota verde y peluda salió disparada, pasando entre las manos de mi amigo y entrando en el ángulo. El festejo duró poco, porque apenas grité el gol, vi como la pelota seguía su cu...

Tortilla de papa

  Llegué tarde del trabajo y mi esposa y mis dos hijos me esperaban en la mesa para cenar. Saludé y vi los platos servidos con tortilla de papa. Nunca fui fanático de la tortilla de papa, son papas pegadas con huevo yo que sé, y se me ocurren muchas otras maneras de comer la papa mucho más ricas. Pero cuando yo era chico y mi padre llegaba tarde de trabajar y comíamos la tortilla hecha por mi mamá, mi papá siempre decía eufórico: “que buena tortilla de papa, está para chuparse los dedos, de las mejores comidas que existen” y yo lo repetía asintiendo con cara de fanático. Tal vez porque nuestro padre es nuestro héroe cuando somos chicos estamos dispuestos a mentir hasta a nuestro paladar con tal de ser lo más parecidos a él posible. Y es por eso que por más que no me mataba la tortilla, asentía a sus comentarios como si estuviera comiendo mi última cena. Yo podría vivir sin tortilla de papa a partir de hoy mismo y nada cambiaría en mi vida en absoluto, pero cruzar aquella mirada d...

La hija

  Bebió otro sorbo de café y volvió a su lectura. De todos los mundos a los que ese libro podría haberlo transportado, lo llevó a uno que le parecía muy familiar. Las calles desiertas en un mar de lluvia lo envolvían todo. Tal como ocurría en ese preciso momento y él corroboraba al mirar por su gran ventana instalado en su biblioteca. Pero él estaba a salvo en su sillón de terciopelo verde, con sus pies apoyados en un taburete y rodeado del aroma de su café que se enfriaba a medio metro, en su mesita de lectura. Las nubes de humo que emanaban de su taza lo envolvían en un velo transparente pero intenso, arropándolo cual madre a su niño antes de dormir.   Volvió a sumergirse en el libro. El protagonista recorría las desoladas calles empapado en busca de su hija perdida, que alguien le había arrebatado de su lado hacía instantes mientras él pedía un refresco en un bar. Corría gritando su nombre y abriendo puertas de casas ajenas mientras lloraba lágrimas que se confundían con la...

La Suerte de Horacio

Horacio era un hombre forjado a la intemperie. Se despertaba a las cuatro, cuando el campo es solo un rumor de sombras, para arrear un ganado que cuidaba con el alma. Tenía cincuenta y cuatro años y las manos como cortezas de tala; trabajaba desde los doce y jamás había esperado nada de nadie. Para él, la suerte era un invento de los vagos; el destino se escribía con sudor y se pagaba con cansancio. Sus días terminaban a las ocho, entre el olor a bosta y el silencio del establo, cenando bajo la luz mortecina de una bombita de cincuenta watts que apenas alcanzaba a iluminar su soledad. Amaba ese rigor: el crujido del pasto congelado bajo las botas, el primer sorbo de café negro y el tabaco amargo. Su único lujo era la Ford F-100, un fetiche de óxido que exigía tres o cuatro intentos de arranque para llevarlo, cada viernes, al pueblo. Allí, entre copas de grapa y partidas de truco, Horacio se permitía ser uno más entre los hombres de tierra y humo. Ese sábado, mientras ordeñaba, la r...